Jacqueline paseaba por los cuidadísimos jardines franceses de su lujosa mansión, en un día vacío. Un día nublado pero muy luminoso. Paseaba sola, despacio, con su caro vestido rococó, con sus bellos y rubios rizos, recogidos cuidadosamente de lado, con su hermoso abanico vienés, cerrado, sujeto con las dos manos en el pecho.
Paseaba en silencio, sin proferir más que susurros con sus intermitentes suspiros.
Hacía tiempo que se había ido, hacía meses, no recordaba ya cuántos, que se había marchado sin ninguna despedida más que un profundo abrazo y una sonrisa viajera llena de entusiasmo e ilusión. Él, su compañero. ¿Dónde estaría ahora?
Paró de andar, cerró los ojos inclinando levemente la cabeza, respirando profundamente. Llevaba ya 20 años utilizando corsets y no terminaba de acostumbrarse.
Recuperada ya, reanudó el paseo y se enfrascó nuevamente en sus pensamientos.
Sin noticias, sin nada, salvo su idea, el resto de su estela flotando por cada habitación de la casa... ya no podía entrar en su estudio sin que un enorme peso llenara su corazón empujándolo hacia abajo como si la gravedad quisiera arrancárselo del pecho. A veces ya no sabía si le costaba respirar por el corset o por la falta de oxígeno que originaba su ausencia. Triste, desgarrada en ocasiones, valiente y decidida en otras. Un océano de emociones y calma, mezclados, separados, vueltos a mezclar, como una marea, que siempre se mece, que nunca cesa.
En esos momentos ella padecía de su delirio mensual, su tiempo débil, y corrió, sujetándose las faldas con las manos y moviendo los hombros para darse impulso, hacia la gran casa. Una vez allí, se armó de valor y entró en el estudio. Hacía tiempo que no entraba y los pocos rayos de luz que invadían la estancia iluminaban las miles de millones de partículas de polvo que flotaban en el espacio como si de estrellas se trataran. Se quedó unos segundos en la puerta observando el espectáculo, respiró hondo y entró.
Se sentó con suavidad en la hermosa silla de madera tallada, enfrente del escritorio; cojió una pluma, negra como el azabache, introdujo su plumín en el tintero de tinta de agalla y con mucho cuidado, comenzó a escribir en un una hoja amarillenta. La hoja crujía bajo el ir y venir de los trazos del plumín. Así decía la carta:
Querido compañero: Te escribo por enésima vez, como siempre, para contarte las cosas que pienso, siento y que me ocurren. Y nuevamente me quedo sin palabras.
Lo cierto es que ahora me encuentro flotando, a pocos centímetros del suelo, sin llegar a tocarlo. No está el peso de tu racionalidad que me ayuda a estar pegada a él. Mi día a día pasa, y vivo, y aprendo, y evoluciono, pero... ¿qué hacer cuando extrañarte me supera? ¿qué hacer cuando nos veo abrazados en el hall de entrada? y pienso "¡oh, es él, está aquí!", más ¿cómo vas a estar si a quienes veo son a ti y a mi?
Tu fantasma recorriendo nuestro hogar me reconforta, pero no quiero que mi felicidad penda del hilo de un recuerdo. No quiero quedarme anclada a ello. Así como evoluciono en lo demás, quiero evolucionar contigo. Sé que me amas y sé que te amo. ¿es esto suficiente?
Soy feliz al moverme en ese ámbito. Soy feliz al saber que eres feliz y que estás bien. Y cuando pienso en ello se abre un hueco en los nubarrones y puedo ver unos fuertes rayos de luz. Aunque es verdad que extraño tu compañía, tu conversación, tu modo de expresarte, de mirar, de quitarle hierro al asunto, de reír, en definitiva, tu persona.
Continuó escribiendo, desahogando sus males, su dolor, su angustia, y al terminar de escribir la carta cogió la hoja de papel con cuidado y sopló sobre la tinta reciente para que se secase con más rapidez, dobló la hoja en tres y la metió en un sobre. Calentó el lacre y virtió 3 gotas que después presionó con un sello con su inicial. Una vez hecho eso cogió el sobre, lo miró durante varios segundos y, suspirando larga y profundamente, y cerrando los ojos, arrojó la carta al pequeño montón de cartas que había al lado izquierdo del escritorio de caoba. Miró durante unos segundos el remolino de polvo que había creado al caer el sobre sobre los demás. Una lágrima escapó y ella rápidamente se la enjugó, con la esperanza de no haber abierto el portón que sujetaba el mar que albergaba en su interior. Se levantó con la elegancia que nisiquiera la amargura podía destruir y solemnemente abandonó la estancia, cerrando las puertas tras de sí.
Lentamente, fue levantando los dedos del teclado, sin dejar de mirar a la pantalla del ordenador. Sus ojos estaban rojos y cansados de tantas horas delante de ella. Miró su reloj.
-¿Las 4 ya? dios mío, como vuela el tiempo.
Cerró los ojos para descansarlos mientras se estiraba en su silla, profiriendo un gran bostezo.
-Me parece que ya es suficiente por hoy, ¿ no crees, Layla?- dijo Narciso -. Llevas ya varios días acostándote a horas tardísimas y despertándote temprano. Este ritmo va terminar haciéndote enfermar.
-Lo sé, lo sé. Pero la editorial quiere el libro en menos de dos semanas- Dijo Layla, pasando la mano por sus cabellos -. He pensado ya un nombre para él: "La dama que escribía cartas de amor" ¿qué te parece?
-Me gusta. Pero ven a dormir ya, anda.
Layla se incorporó, después de apagar el ordenador habiendo guardado lo escrito, y siguió a Narciso a su habitación, pero se quedó unos segundos en la puerta de su estudio, miró hacia atrás y, con una cansada sonrisa, susurró:
-Buenas noches, Jacqueline.
viernes, 27 de septiembre de 2013
jueves, 12 de septiembre de 2013
El sueño del alma enjaulada.
Como en casi todos los sueños que tenemos, nunca recordamos el principio. Y es más, ni siquiera dentro del sueño, si intentas recordar, logras saber cómo se inició el mismo.
Y así, por la mitad, es por donde ella se ve, caminando en una enorme casa, un palacio muy soleado, con gente que pasa a su alrededor. Es como un especie de casa-museo. Ella va junto a un grupo reducido que reconoce como familiares. Va caminando, despacio, a una cámara lenta tan sutil que apenas se nota, pero que le da belleza al movimiento.
Va paseando, observando todo atentamente, pero no sólo las obras de arte expuestas, sino las paredes de la casa, los jardines... la gente que pasa no le llama la atención salvo... un muchacho. Un muchacho que camina distraído, como mirando todo por encima, junto a un grupo reducido el cual, supone, son sus parientes. En un momento la traspasa durante segundo con la mirada. La ha visto, pero no la ha visto. No la ha percibido.
Ella se ha quedado congelada, observando lo que ocurrió. Continua caminando, subiendo pisos. Mirando las obras, las ventanas, los muebles. Hay un piano en la habitación en la que se encuentra ahora. Está cerrado. Va a salir de la sala cuando de pronto sus oídos captan el sonido de otro piano uno o dos pisos más abajo. Una melodía melancólica pero juguetona, feliz. Ella se vuelve a quedar congelada, mirando al piano. Se queda escuchando varios segundos, hasta que empieza a andar, primero lento y después con más firmeza hacia el piano. Abre la tapa, pero no hace nada. Cuando termina de sonar la melodía ella espera varios segundos en silencio, y después repite un trozo de la melodía principal de la canción que acaba de escuchar. Y para. Y escucha. Silencio. Al poco tiempo le responde el otro piano continuando la melodía donde ella la dejó. Ella se relaja y sonríe. Sabe que es él.
La melodía se detiene y entonces ella sabe que él la está buscando. Va a subir. Entonces, a toda prisa, cierra la tapa del piano, con cuidado, y sale corriendo de la sala.
A partir de ahí es borroso, imágenes sueltas. Se encuentran, pero no recuerda qué siente ni qué ocurre en esos momentos.
Y de pronto se despierta. Tiene frío, mucho frío.
Está en un lugar extraño, solitario y lleno de plantas.
No puede moverse.
A pesar de estar tapada siente todas las corrientes de aire y siente como su cuerpo se degrada.
Y de pronto aparece él, y ella sonríe en sus adentros.
Hace varios días que viene a verla, manteniendo charlas sin palabras, pero con sonidos.
Ese día ella tenía una propuesta para él.
Y él la aceptó.
Y así, por la mitad, es por donde ella se ve, caminando en una enorme casa, un palacio muy soleado, con gente que pasa a su alrededor. Es como un especie de casa-museo. Ella va junto a un grupo reducido que reconoce como familiares. Va caminando, despacio, a una cámara lenta tan sutil que apenas se nota, pero que le da belleza al movimiento.
Va paseando, observando todo atentamente, pero no sólo las obras de arte expuestas, sino las paredes de la casa, los jardines... la gente que pasa no le llama la atención salvo... un muchacho. Un muchacho que camina distraído, como mirando todo por encima, junto a un grupo reducido el cual, supone, son sus parientes. En un momento la traspasa durante segundo con la mirada. La ha visto, pero no la ha visto. No la ha percibido.
Ella se ha quedado congelada, observando lo que ocurrió. Continua caminando, subiendo pisos. Mirando las obras, las ventanas, los muebles. Hay un piano en la habitación en la que se encuentra ahora. Está cerrado. Va a salir de la sala cuando de pronto sus oídos captan el sonido de otro piano uno o dos pisos más abajo. Una melodía melancólica pero juguetona, feliz. Ella se vuelve a quedar congelada, mirando al piano. Se queda escuchando varios segundos, hasta que empieza a andar, primero lento y después con más firmeza hacia el piano. Abre la tapa, pero no hace nada. Cuando termina de sonar la melodía ella espera varios segundos en silencio, y después repite un trozo de la melodía principal de la canción que acaba de escuchar. Y para. Y escucha. Silencio. Al poco tiempo le responde el otro piano continuando la melodía donde ella la dejó. Ella se relaja y sonríe. Sabe que es él.
La melodía se detiene y entonces ella sabe que él la está buscando. Va a subir. Entonces, a toda prisa, cierra la tapa del piano, con cuidado, y sale corriendo de la sala.
A partir de ahí es borroso, imágenes sueltas. Se encuentran, pero no recuerda qué siente ni qué ocurre en esos momentos.
Y de pronto se despierta. Tiene frío, mucho frío.Está en un lugar extraño, solitario y lleno de plantas.
No puede moverse.
A pesar de estar tapada siente todas las corrientes de aire y siente como su cuerpo se degrada.
Y de pronto aparece él, y ella sonríe en sus adentros.
Hace varios días que viene a verla, manteniendo charlas sin palabras, pero con sonidos.
Ese día ella tenía una propuesta para él.
Y él la aceptó.
sábado, 31 de agosto de 2013
La luna interior o La Pasión y la Razón.
Se salió. Se salió del camino que la llevaría de vuelta a casa, la ruta al hogar, su destino momentáneo.
Se paró en seco para decir: "no quiero" y dio media vuelta para marcharse de allí.
Descendió, emocionada, escaleras que la conducirían al frescor del lugar más allá de su zona de confort, y se encaminó abiertamente a la noche.
Caminó. Caminó. Pensando sin pensar. Sintiendo y cavilando. Por el momento no había lucha, sólo caminaba. Y sus pies la guiaban, sin saber ella dónde. ¡mentira!, ¡falacia! por supuesto que sabía a dónde, pero no quería admitir su debilidad.
Fresca, fría, pálida. La reina de la noche. Miro al cielo y te veo, pero... hoy no estás. Tu reino está vacío y oscuro y... ¿dónde has ido? Sin embargo te siento tan cerca. Tan... dentro. Y es allí donde estás si te busco. Esta noche la luna me ha absorbido y formo parte de ella. No está en el cielo, está en la tierra. Se diría que yo estoy fuera de mi, cuando en realidad es al contrario. Estoy demasiado dentro de mi. Doy gracias al vigor de mi racionalidad que me impide ser marioneta de esta arpía de la pasión, cuya fuerza esta noche me empuja con vehemencia.
Buscaba un destino, un lugar donde parar, pues si no andaría eternamente. O al menos hasta caer rendida.
Se iba acercando a su fragilidad, que a la vez era su balanza, y con unas alas batiendo con fuerza y progresivamente en su interior, fue aletargando sus pasos sin terminar de decidir.
Y así, sumida en indecisión, llegó a donde sin duda quería llegar.
Se sentó y observó. Cerró los ojos y escuchó, tratando de evitar la coherencia. Sólo buscaba el timbre de aquel sonido, y cuando lo oyó, una fuerte tensión que no había percibido fue diluida para su sorpresa y alivio.
El tiempo, la arena en su jaula de cristal, pasaba sin que ella pudiera notarlo.
Absorta en la calma se habría quedado allí para siempre. Sabía que debía tomar una decisión.
Dividió su interior en dos transformándolo en un ring donde poner a un lado su Pasión y al otro su Razón. Comenzó entonces el debate. La lucha.
Fue largo, sin duda. Y curiosamente ganó la Pasión ofreciéndole a la Razón argumentos coherentes, con peso, racionales... y aunque la batalla estaba ganada, de cuando en cuando la Razón volvía a susurrar en su oído "¿estás segura?".
Pasó el tiempo y en el momento que creyó oportuno cruzó, con sigilo felino, casi siendo parte del ambiente silencioso de la noche, la frontera y se adentró en el territorio. Se acercó a la transparencia con miedo. Cerró los ojos inspirando profundamente. Percibía cuántas ganas tenía de ver aquel océano de cielo. Sabía que se arriesgaba y que podía perder. Pero era su impulso y eso la hacía verdadera.
sábado, 17 de agosto de 2013
Noche de las Luces.
Esta noche, muchacho... esta noche te extraño.
Esta noche de lágrimas fugaces.
Esta noche de cuarzos que vuelan.
Esta noche en un lugar sin nombre.
Esta noche, muchacho; esta noche te extraño.
Esta noche no soy quien debiera.
Esta noche no poseo calma.
Esta noche, vacía y eterna.
Esta noche, muchacho; esta noche te extraño.
Esta noche no hay futuro en mi horizonte.
Esta noche soy débil, mi cielo.
Esta noche me empapo en tu ausencia.
Esta noche, muchacho; esta noche te extraño.
Con los ojos cerrados, como si en trance estuviera, mi mano acaricia mi cabello, suave, frío y mojado, recordando el frescor de tus manos.
En Uno, lavado del tiempo, brillan sus colores con fuerza, vivos como en su comienzo, y en mi fina muñeca se acunan.
Esta noche llevo conmigo tus 3 damas negras que alivian tu contundente falta.
Las pondré en mi regazo esta noche; lloraré con los astros que caen, que lloran conmigo, que lloran lejanos. Mientras, mi sonrisa será pintada con el pincel de tu recuerdo.
Ha vuelto mi arte esta noche. Ha vuelto sin ganas y huraño.
Y esta noche, muchacho... esta noche te extraño.
Esta noche de lágrimas fugaces.
Esta noche de cuarzos que vuelan.
Esta noche en un lugar sin nombre.
Esta noche, muchacho; esta noche te extraño.
Esta noche no soy quien debiera.
Esta noche no poseo calma.
Esta noche, vacía y eterna.
Esta noche, muchacho; esta noche te extraño.
Esta noche no hay futuro en mi horizonte.
Esta noche soy débil, mi cielo.
Esta noche me empapo en tu ausencia.
Esta noche, muchacho; esta noche te extraño.
Con los ojos cerrados, como si en trance estuviera, mi mano acaricia mi cabello, suave, frío y mojado, recordando el frescor de tus manos.
En Uno, lavado del tiempo, brillan sus colores con fuerza, vivos como en su comienzo, y en mi fina muñeca se acunan.
Esta noche llevo conmigo tus 3 damas negras que alivian tu contundente falta.
Las pondré en mi regazo esta noche; lloraré con los astros que caen, que lloran conmigo, que lloran lejanos. Mientras, mi sonrisa será pintada con el pincel de tu recuerdo.
Ha vuelto mi arte esta noche. Ha vuelto sin ganas y huraño.
Y esta noche, muchacho... esta noche te extraño.
lunes, 5 de agosto de 2013
En lo más profundo...
Se despojó de todo.
De sus prendas, de su camino volante, de su amor suave y hasta de la libertad de plata de la cual, paradógicamente, era esclava.
Se despojó de todo.
Y entró en la zona blanca. Y agua fría, helada, cayó sobre su cuerpo, proporcionándole alivio.
Limpió la mugre de los días y el sudor de las angustias.
Y lavó su cabello nada más que con aquello que eliminase la suciedad del mismo. "Que sea. Simplemente". Y lo dejó ser.
El agua se deslizó por su rostro como lágrimas purificadoras.
Miles de cabellos, ya sin vida, se dejaron llevar por la corriente.
Y el agua paró de caer.
Ella salió, y así como estaba, desnuda, empezó a hablar. A hablar sin voz.
"¿Es posible tener celos de una misma, de tus propias virtudes?, ¿Es posible sentirse apartada de tu propio ser al estar siendo alagado tu propio ser?, ¿Es posible sentir que no es amada la persona que se es sino aquella que eres, siendo esto una completa contradicción?."
Se quedó callada esperando la respuesta.
"Ojalá mi cabellera fuera tan larga que cubriera toda mi vergüenza".
De sus prendas, de su camino volante, de su amor suave y hasta de la libertad de plata de la cual, paradógicamente, era esclava.
Se despojó de todo.
Y entró en la zona blanca. Y agua fría, helada, cayó sobre su cuerpo, proporcionándole alivio.
Limpió la mugre de los días y el sudor de las angustias.
Y lavó su cabello nada más que con aquello que eliminase la suciedad del mismo. "Que sea. Simplemente". Y lo dejó ser.
El agua se deslizó por su rostro como lágrimas purificadoras.
Miles de cabellos, ya sin vida, se dejaron llevar por la corriente.
Y el agua paró de caer.
Ella salió, y así como estaba, desnuda, empezó a hablar. A hablar sin voz.
"¿Es posible tener celos de una misma, de tus propias virtudes?, ¿Es posible sentirse apartada de tu propio ser al estar siendo alagado tu propio ser?, ¿Es posible sentir que no es amada la persona que se es sino aquella que eres, siendo esto una completa contradicción?."
Se quedó callada esperando la respuesta.
"Ojalá mi cabellera fuera tan larga que cubriera toda mi vergüenza".
domingo, 28 de julio de 2013
La Despedida de las Gaviotas.
El fino polvo de agua
se crea con el movimiento;
crea colores de plata.
Sabe la mar si yo miento.
Grácil espuma que juega,
que coquetea graciosa,
danza junto a la marea;
del serio océano es esposa.
Y en su interior infinito
calma y sonidos ahogados.
Se desvanece mi grito.
Mis cantos son olvidados.
Miles de gritos agudos
sentencian mi despedida.
Sabe la mar qué sonidos
son los que abren la herida.
se crea con el movimiento;
crea colores de plata.
Sabe la mar si yo miento.
Grácil espuma que juega,
que coquetea graciosa,
danza junto a la marea;
del serio océano es esposa.
Y en su interior infinito
calma y sonidos ahogados.
Se desvanece mi grito.
Mis cantos son olvidados.
Miles de gritos agudos
sentencian mi despedida.
Sabe la mar qué sonidos
son los que abren la herida.
martes, 28 de mayo de 2013
Ojos de Cielo.
Azul. Azul celeste, puro, limpio y suave.
Brillante e iluminado. Brilla sin reflejo. Opaco pero alegre. Lúcido y feliz.
¿Qué más me ofreces?, ¿Me ofreces calma, armonía? ¿Me ofreces cordura? Dímelo, dime que me ofreces la oportunidad de poner los pies en la tierra. Dime que soplas mis mejillas sonrojadas y calmas el calor que asedia mi rostro con suave brisa de la tarde. Con sólo una mirada de esos ojos... que no es mirada, es vida que fluye, energía positiva que fluye sin descanso.
Polo opuesto. Complementarios.
Una sonrisa eterna que tiene vida propia. Resplandeciente como un astro, como el propio sol. Es alegría.
Todo luz.
¡Colibrí, colibrí! tu aleteo me agota, me deja sin energías. Tu revoloteo desordena el espacio de mi interior, el cual se hace más pequeño... ¿o eres tú, colibrí, el que se hace más grande dentro de mí?
Calla, calla. Silencia tu canto, canto henchido, que revienta, que cree morir de tanta risa sin razón de ser, carcajadas sanas que luchan por escapar a cada segundo de un cuerpo oprimido. ¡Es real, es real! Lágrimas tan calientes como la calidez que ofrecen las imágenes que por mi mente pasan sin ser invitadas.
¿Qué más? ¿Hay más? No se puede explicar. ¿Para qué? Ya se conoce. Es siempre el mismo y siempre único. Cada astro en el cielo, cada estrella parece igual a la otra... no lo son. Lo mismo ocurre. Pero aun siendo el castellano uno de los idiomas más ricos en cuanto a cantidad de palabras siempre son las mismas las que te dan vida, las que te describen: sentimiento profundo. ¡Por qué no habrán más!, ¡infinitas, quiero infinitas! como aquello que ahora corre por mis venas tan deprisa que me marea y me hace estúpida.
Siempre ahí, en los rayos del sol más fuerte. Siempre presente, pero sin estar. En una burbuja que no veía más que por encima. Claro que te vi. Día tras día, sin reconocerte. Sin conocerte. Hizo falta la tormenta interior y exterior más fuerte que asedió mi vida para que abriera los ojos al mundo que tenía delante y dejar de mirar al que ya no existía y al que todavía no había llegado. Necesité fuerte granizo golpeándome en la cara para despertar con lágrimas en los ojos y ver que en realidad merece la pena salir de vez en cuando de la cueva cálida para ver la primavera despertar y no ivernar en un eterno invierno propio. Que la luz del sol de vez en cuando hace bien.
Y esa nana, que resuena dando vida a las palabras, a las frases que se escriben solas y reflejan lo que dentro de mi está despierto, es tuya.
Y mía.
Brillante e iluminado. Brilla sin reflejo. Opaco pero alegre. Lúcido y feliz.
¿Qué más me ofreces?, ¿Me ofreces calma, armonía? ¿Me ofreces cordura? Dímelo, dime que me ofreces la oportunidad de poner los pies en la tierra. Dime que soplas mis mejillas sonrojadas y calmas el calor que asedia mi rostro con suave brisa de la tarde. Con sólo una mirada de esos ojos... que no es mirada, es vida que fluye, energía positiva que fluye sin descanso.
Polo opuesto. Complementarios.
Una sonrisa eterna que tiene vida propia. Resplandeciente como un astro, como el propio sol. Es alegría.
Todo luz.
¡Colibrí, colibrí! tu aleteo me agota, me deja sin energías. Tu revoloteo desordena el espacio de mi interior, el cual se hace más pequeño... ¿o eres tú, colibrí, el que se hace más grande dentro de mí?
Calla, calla. Silencia tu canto, canto henchido, que revienta, que cree morir de tanta risa sin razón de ser, carcajadas sanas que luchan por escapar a cada segundo de un cuerpo oprimido. ¡Es real, es real! Lágrimas tan calientes como la calidez que ofrecen las imágenes que por mi mente pasan sin ser invitadas.
¿Qué más? ¿Hay más? No se puede explicar. ¿Para qué? Ya se conoce. Es siempre el mismo y siempre único. Cada astro en el cielo, cada estrella parece igual a la otra... no lo son. Lo mismo ocurre. Pero aun siendo el castellano uno de los idiomas más ricos en cuanto a cantidad de palabras siempre son las mismas las que te dan vida, las que te describen: sentimiento profundo. ¡Por qué no habrán más!, ¡infinitas, quiero infinitas! como aquello que ahora corre por mis venas tan deprisa que me marea y me hace estúpida.
Siempre ahí, en los rayos del sol más fuerte. Siempre presente, pero sin estar. En una burbuja que no veía más que por encima. Claro que te vi. Día tras día, sin reconocerte. Sin conocerte. Hizo falta la tormenta interior y exterior más fuerte que asedió mi vida para que abriera los ojos al mundo que tenía delante y dejar de mirar al que ya no existía y al que todavía no había llegado. Necesité fuerte granizo golpeándome en la cara para despertar con lágrimas en los ojos y ver que en realidad merece la pena salir de vez en cuando de la cueva cálida para ver la primavera despertar y no ivernar en un eterno invierno propio. Que la luz del sol de vez en cuando hace bien.
Y esa nana, que resuena dando vida a las palabras, a las frases que se escriben solas y reflejan lo que dentro de mi está despierto, es tuya.
Y mía.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)